Cómo presentar un perro y un gato para que convivan bien

¿Vas a juntar a un perro y un gato en casa y te da miedo que salga mal? Muchos perros y gatos conviven sin problemas, pero casi nunca por meterlos juntos en el salón el primer día. Lo que funciona es una presentación por etapas: primero el olor, luego verse con una barrera y al final compartir espacio vigilados. Puede llevar unos días o varias semanas.

La regla que lo resume todo: ve al ritmo del más nervioso de los dos, que casi siempre es el gato.

El plan, paso a paso

Antes de empezar

Prepara una habitación para el animal que llega, con todo lo que necesita: comida, agua, cama y, si es un gato, arenero y rascador. Será su base durante los primeros días.

Si el perro es el que ya vive en casa, practica con él antes un «siéntate» y un «mírame» con premios. Te servirán para cortar su atención cuando vea al gato. Un perro que ha paseado y jugado antes de cada sesión estará mucho más tranquilo.

Primera etapa: solo olores

Durante los primeros días, que no se vean. Intercambia mantas o camas para que se acostumbren al olor del otro, y frota un paño suave por las mejillas de cada uno y déjalo cerca de donde come el otro.

Puedes también turnarlos: que el gato explore la casa mientras el perro está de paseo, y que el perro olfatee la habitación del gato cuando este no está. Así cada uno conoce el territorio del otro sin tensión.

Segunda etapa: comer a los dos lados de la puerta

Pon los comederos a cada lado de la puerta cerrada, a una distancia en la que los dos coman tranquilos. Cada día, acércalos un poco. La idea es que el olor del otro se asocie a algo bueno.

Si uno deja de comer, gruñe o bufa, has ido demasiado rápido: vuelve a la distancia anterior y quédate ahí unos días más.

Tercera etapa: verse con una barrera

Cambia la puerta por una reja para bebés o deja la puerta entreabierta con un tope. El perro, siempre con correa en estas primeras veces. Premia cada momento en que mire al gato y vuelva a mirarte a ti, o en que se tumbe tranquilo.

Haz sesiones cortas, de cinco o diez minutos, varias veces al día. Termina siempre antes de que alguno se ponga nervioso. Es mejor muchas sesiones aburridas que una emocionante.

Cuarta etapa: compartir espacio vigilados

Cuando los dos estén relajados viéndose a través de la barrera, déjalos en la misma habitación con el perro con correa suelta o arrastrando. El gato tiene que poder irse cuando quiera y subir a sitios altos donde el perro no llegue.

Durante varias semanas, sepáralos cuando no estés en casa. Muchos accidentes ocurren cuando parecía que ya se llevaban bien.

Un calendario orientativo

Cada pareja tiene su ritmo, pero esta es una referencia para no correr:

Días 1 a 3     separados; intercambio de mantas y olores
Días 4 a 7     comidas a los dos lados de la puerta
Semana 2       verse con reja; perro con correa; sesiones cortas
Semana 3       misma habitación vigilados; el gato con vías de escape
Semana 4 y +   más tiempo juntos; separados si no hay nadie en casa

Si el que llega es el perro

Cuando el gato ya vive en casa, el cambio es más duro para él: de repente su territorio huele a un animal grande y ruidoso. Antes de que llegue el perro, asegúrate de que el gato tiene sitios altos, su comida y su arenero en zonas que seguirán siendo solo suyas.

En este caso, la habitación base es para el perro, y el gato sigue moviéndose por la casa como siempre. Mantén sus horarios de comida, juego y caricias. Si notas que se esconde más de lo normal o deja de comer, baja el ritmo de las presentaciones y dale más tiempo a solas con su gente.

Un cachorro tiene la energía muy alta y todavía no controla sus impulsos. Cánsalo con paseos y juegos antes de cada sesión, y no dejes que trate al gato como un juguete, aunque sea «con cariño».

Señales para parar y retroceder

En el gato: orejas hacia atrás, cola erizada, bufidos, esconderse sin salir o dejar de comer o de usar el arenero. En el perro: mirada fija que no puedes cortar, cuerpo rígido, gemidos, temblores de excitación o lanzarse hacia el gato.

Si aparecen, vuelve a la etapa anterior. Que el perro persiga al gato «para jugar» no es un juego para el gato, y le puede hacer daño aunque no quiera.

Los espacios del gato, a salvo

El gato necesita zonas donde el perro no pueda entrar: estantes, la parte alta de un mueble, una habitación con una reja que el gato salte y el perro no. Su comida y su arenero, también fuera del alcance del perro.

Muchos perros se comen la comida del gato o rebuscan en el arenero, y un gato al que molestan mientras hace sus necesidades puede dejar de usarlo, como contamos en mi gato no usa el arenero.

Cuando la edad ayuda y cuando no

Un cachorro y un gatito suelen adaptarse más fácil, sobre todo si crecen juntos. Un perro adulto que ya ha convivido bien con gatos también es buena señal. Al adoptar, pregunta siempre si se ha probado con gatos, como explicamos en adoptar un perro o un gato.

Algunos perros con mucho instinto de caza no llegan a ser seguros con gatos, por mucho que se trabaje. No es culpa de nadie. En esos casos, pide ayuda a un educador canino o a un veterinario especializado en comportamiento antes de forzar nada.

Dudas frecuentes

¿Los dejo que «se arreglen solos»?

No. Un mal primer encuentro puede hacer que el gato tenga miedo del perro durante meses, y que el perro aprenda que perseguirlo es divertido. Cuesta mucho más deshacerlo que hacerlo bien desde el principio.

¿Y si el gato le da un zarpazo?

Es su forma de poner límites, y muchos perros aprenden así a respetarlo. Vigila que no le alcance los ojos y que el perro no responda atacando. Si se repite, has ido demasiado deprisa.

¿Pueden compartir bebedero?

Pueden, pero conviene que el gato tenga uno propio en una zona tranquila y elevada. Beber sin sentirse vigilado ayuda a que beba lo suficiente.

De dónde salen los datos

  • International Cat Care: presentación de gatos a otros animales de la casa y necesidades de espacio del gato.
  • ASPCA y American Veterinary Society of Animal Behavior: introducción gradual entre perros y gatos y señales de estrés.